Que algo siga en disputa por Eduardo Aliverti

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Sergio Massa es un clásico político profesional, inmensamente ambicioso y con todas las aristas encerradas en ese adjetivo.

Porta desde las eventualmente positivas de tener vocación de poder, que vaya si acaba de demostrar que la tiene, hasta las peligrosas de que su pragmatismo lo lleve a carecer de escrúpulos (no es necesario insistir con el recorrido por su trayectoria, que en estas horas fue revisitado con fruición a derecha e izquierda).

De todas maneras, ¿el centro del debate debe pasar por lo individual de su figura o por el contexto que lo trajo hasta aquí?

Son momentos de altísima intensidad emocional en el minúsculo circuito ultrapolitizado. Es así entre quienes deciden qué se cocina y, sobre todo, en aquellos que conforman el mundo de los opinadores “especializados”. O los de redes y foros. O los de charlas de café y entrecasa que conservan algún apasionamiento o inquietud política.

También es así que discurren sentencias terminantes desde, en esencia, los votantes del Frente de Todos (quienes lo fueron por convicción; por descarte; para ver qué ocurría siendo que estaba Cristina de por medio; o, todo lo contrario, porque Cristina había resuelto “correrse”, designando a un moderado que fuese capaz de trazar imagen de control sobre “locuras” populistas).

Allí, en la mezcla de esos unos y esos otros, se lee y escucha -entre tantísima fraseología con dirección similar- que ahora sí se terminaron el peronismo y mucho más el kirchnerismo como su variante de izquierda. Que asumió directamente el hombre de La Embajada. Que dónde está Cristina. Que cómo puede ser que Cristina haya bombardeado a Alberto para terminar empoderando a Massa. Que Cristina hará algo para no permitir la traición definitiva, y que jamás militará un ajuste antipopular siquiera transitoriamente. Que sólo resta esperar que el pueblo salga a las calles, o eslóganes similares.

Todo se comprende, con mayor o menor esfuerzo, pero de ahí a la justificación de los arrebatos anímicos hay demasiada distancia.

Tanta distancia como la demostrada entre la expectación completamente desmedida sobre las posibilidades de cambio profundo que significaba el FdT, y la realidad realmente existente de que el neoliberalismo tiene capturados todos los dispositivos del funcionamiento de la economía y de la construcción del imaginario colectivo. Tiene sus corporaciones, sus medios de comunicación, sus jueces y su volumen para destruir casi todo intento de rebeldía.

Frente a eso, ¿qué cabía imaginar sobre lo que diseñó Cristina cuando trazó el armado de la coalición, como líder incuestionable de la minoría más impetuosa del campo popular?

Cabe que (se) pensó en una reactivación paulatina del mercado interno devastado por el macrismo, recomponiendo algo de justicia distributiva. No mucho más.

Nunca, es evidente, hubo un programa político elaborado. Ni apenas una plataforma “dibujada”. Encima, cayó la pandemia a tres meses de asumir y debió recurrirse a manotazos de emergencia.

Para quienes hablan hoy de que se violó el contrato electoral: ¿dónde está el contrato ése? ¿Dónde estaba escrito o prometido que se rompería con el FMI, o que se tomarían medidas radicalizadas? Basta de poesías, podría decirse: el único contrato explicitado fue sacarse de encima a Macri.

Ése es el marco bajo el cual se supo de entrada que el convenio incluía a los Fernández. A Massa. Y poco menos que a cuanto sapo hiciera falta deglutir.

Y bajo el cual se “contrató” que Martín Guzmán sería el ministro de la deuda externa pública y privada. No el de Economía. No el de la economía interna.

La cuestión es que eso se arregló como se pudo y hasta se diría que bastante bien, porque esas deudas se patearon hasta 2025/2026 sabiendo que debería renegociarse, más tarde o más temprano, porque el acuerdo es incumplible gracias a la bestialidad que dejó Macri según reconocen los voceros del propio FMI. Ellos admitieron que el objetivo, por orden de Trump, fue exclusivamente que Macri fuera reelecto.

Fuera de ahí, o bien adentro, los dramas operativos del Frente de Todos, tras la derrota en las urnas de 2021, consistieron en desgastarse sin prisa y sin pausa por resquemores personales. Y de interpretación acerca de cómo mostrar mayor autoridad en aspectos finalmente secundarios.

Chiquicientas veces, para reiterarlo hasta el cansancio tanto como lo anterior, se preguntó cuánto de graves eran las disidencias ideológicas, no de formas, entre las líneas internas del FdT.

Y hoy resulta que Massa es el primer ministro; o el presidente alterno de facto; o la última bala de plata o de cobre; o “el salvador”; o los lugares ya comunes que se quieran, con el apoyo de Cristina. Con el respaldo de los gobernadores. Con la adhesión obvia aunque aún contemplativa de los sectores del “kirchnerismo duro” institucional. Todos conscientes de que asomaba el abismo en forma perentoria. Todos contestes de que hay que parar la corrida cambiaria, como prioridad absoluta.

¿Hacía falta sumergirse en este aquelarre de contradicciones que en el fondo nunca fueron primarias, incluyendo, para no abundar, el bastardeo sobre la figura de Silvina Batakis, capaz de cargarse el equipo al hombro, de ir a renegociar a Washington asegurando que representaba a todas las tribus gobernantes y volviendo desplazada?

De acuerdo con lo que parece, han dejado de jugar a las figuritas y pasaron al ajedrez.

Si es por conjeturas, hay para tirar manteca al techo.

Por ejemplo 1: Massa, ante los intereses de Estados Unidos, es un proyecto mucho más sustentable que Macri y cualquiera de sus tropas, según quedó exhibido en su fracaso como derecha berreta, que garantiza nada de nada como consolidación en el ejercicio del poder formal.

Por ejemplo 2: Massa es desconfiable porque el peronismo o Cristina tienen una enorme capacidad de veto institucional, y/o callejero, y/o sindical, sobre todo tipo de ajuste (más) bruto en la puja distributiva.

Por ejemplo 3: Massa es confiable más o menos porque, aun si le/se acierta a una corrección del tipo de cambio que reacomode reservas, la inflación desbocada no le dejaría sitio a controlar un desborde por abajo, ¿motorizado por quiénes?

Por ejemplo 4: Massa depende de que la clase media reasuma expectativas favorables, porque por abajo no hay chances de 2001, en el sistema financiero tampocoy por izquierda, entendiéndose como tal a los movimientos sociales fraccionados en varios pedazos, la capacidad podría ser de resistencia pero jamás de ofensiva.

Por ejemplo 5: Massa está jugado a que el establishment corporativo no lo voltee, y “reposa” en eso porque el Poder desconfía sobre las capacidades conductivas de cambiemitas que también son un mamarracho.

La lista seguiría, pero siempre desemboca en que las cosas, perogrullada mediante, pueden salir bien o muy mal.

Si es lo primero, el Gobierno llega competitivo a 2023 (por “el Gobierno” se interpreta algo que no sea caer en Larreta derecho viejo).

Si es lo segundo, cuesta derivar en algo que no sea Asamblea Legislativa con elecciones anticipadas.

Eso, justamente, es lo que se evitó con la movida de/con Massa.

¿Tiene épica? Ni de cerca.

¿Tiene sentido pragmático? Sí.

Lo siguiente está lejísimos de ser una originalidad. Y no solamente porque ya lo remarcaron algunos colegas del palo, aceptando que “lo de Massa” es difícil de digerir (más como simbología de que es un liberalote o un tibio productivista en funciones súper poderosas, que como consecuencia de la mediocridad de haber gobernado hasta acá disparándose a los pies).

Entendámonos, si se puede: la pandemia de Macri se sabía, al igual que la del trágico endeudamiento con el Fondo. Pero no la del virus y la guerra. Desde ahí, hubo en proporciones parecidas el ataque virulento de la derecha concentrada y los errores/horrores propios.

Bajo ese apunte, debería tenerse claro que el peor gobierno del Frente de Todos, o de como se llame esto que quedó, o de como se denomine hacia las elecciones lo que vaya a quedar, será largamente mejor que lo mejor que pueda ofrecer la banda explícita de derechas.

Como lo sintetizó Alfredo Zaiat en la nota de este domingo, Cristina es antes una pragmática que una dogmática.

Y es Cristina, salvo para los olvidadizos que leen de lo que pasa aquello conveniente a su confort de frases estrepitosas, quien pidió no ser más papistas que el Papa.

Y si la propia Cristina no les basta, hay que pegarse una vuelta por Álvaro García Linera: esta segunda vuelta de progresismo, en la región (Boric, Petro, Arce; el giro venezolano y, caramba, Lula), tiene el componente central de saber defenderse, mientras se renuevan condiciones que permitan acentuar más cambios a favor popular.

“Simplemente”, la épica de hoy es que algo siga en disputa conservando el Gobierno.

Diario Página 12